Hablar  con Dios y hablar de Él desde nuestra originalidad.  ¿Cómo pensar y hablar de Dios como afrodescendientes? ¿Cómo reflexionar, como mexicanos con raíces africanas, desde la Palabra de Dios y desde nuestra realidad? Sin duda, los pilares de nuestra comprensión de Dios son África y México como lugares  desde  donde Dios nos ha formado y desde donde nos ha infundido su Espíritu.

Hno. Joel CRUZ, mccj

Como cristianos, ciertamente la Biblia y Jesucristo enmarcan esos  lugares teológicos (desde donde Dios nos habla: Á frica y México), por  ello, la fe de los ancestros africanos y el acontecimiento guadalupano son fuentes fundamentales de nuestra  mexicanidad afrodescendiente.Desde ahí «bebemos» el Espíritu de Dios que nos da un rostro eclesial específico. Esto es lo que nos permite pensar y hablar del Padre de manera distinta en la Iglesia y en la sociedad.
Para muchos, es imposible o escandaloso creer que se puede pensar en Dios fuera  de los parámetros del pensamiento cristiano europeo. Debido a que se cree que la percepción que tienen  del Creador  las etnias africanas, los afrodescendientes y pueblos originarios (indígenas) es errónea y pagana.
Se olvida o se desconoce que el cristianismo fue posible en el mundo porque África gestó, cuidó  y formó este  camino de salvación para la humanidad.
De hecho, para nadie es desconocido que Moisés se formó en África, que a Jesús se le protegió de la muerte en África (Mt
2,13)... en resumen, África en la Biblia tiene un papel de salva- ción, capacitación de liderazgos y gestación de procesos de organización y liberación del pueblo de Dios.
Volver la mirada a los pensamientos y lenguajes teológicos conectados con África y con los pueblos originarios de México, particularmente con el acontecimiento guadalupano, hará que nuestra concepción de Dios no sólo sea diferente, si no que aportará luces al entendimiento y  lenguajes  predominantes  eclesiales, para hacernos comprender mejor al Padre en las  condiciones sociales y culturales de la actualidad.
Muchos seguimos pensando a Dios y hablando de Él desde la concepción traída de Europa e implantada, de diversas formas, en  nuestros antepasados que fueron esclavizados y colonizados en  México. No es una reflexión teológica original, hecha con los «ingredientes» de nuestras raíces, si no «importada» y, quizá, por ello, el centro de nuestra identidad como personas  y como  pueblos está fuera de nosotros.
No se trata de «adaptarnos», tampoco de  buscar que en la Iglesia  sea «condescendiente» con nuestras expresiones religiosas, como si «nos dieran permiso» de realizarlas en algunas celebraciones litúrgicas. No. Es cuestión de descubrir a Dios con las características con las que Él se nos revela desde esos lugares originarios de nuestro ser, para luego mostrarlo a la Iglesia y a la sociedad, así como se nos da a conocer en nuestra historia, en nuestras realidades y en los lugares originarios de nuestra propia humanidad.
Es muy importante «despertar la conciencia teológica afrodescendiente» para que nuestra presencia eclesial y social no  sólo sea significativa, si no luz para los demás pueblos.  Por eso es necesario ir más allá de las formas en las que nos  presentamos en la Iglesia y en la sociedad y compartir la  esencia de nuestro ser gestado por Dios y alimentado por raíces conectadas con África, con su pensamiento y lenguaje. Si no hacemos esto, nuestra presencia eclesial y social será comprendida como un «folclor de esclavos», fruto del encuentro entre trad iciones africanas, españolas y pueblos originarios en México.
La recuperación, reconstrucción y afirmación de la identidad  mexicana afrodescendiente,si queremos que de verdad sea liberadora, iluminadora y transformadora de las realidades eclesiales y sociales, debe comenzar justamente desde la  estructuración de un pensamiento y lenguaje afrodescendiente de Dios, y no tanto, desde la problemática socioeconómica y política  que nos afecta. Es decir, debe iniciar desde una teología conectada con nuestras raíces, con la esencia de nuestro origen para superar el empobrecimiento a ntropológico que padecen nuestros pueblos afrodescendientes y los ubica en el lugar de la inferioridad étnica, cultural, espiritual...
Pensar y hablar de Dios es lo que llamamos fe. Y nuestros pueblos   la han mantenido. De hecho, esta fe fue el origen de su resistencia ante la deshumanización de la esclavitud, y que hoy continúa con  fuerza ante las adversidades. Para mucha gente en la Iglesia, los nombres con los que llamaban a Dios y las formas con las que se comunicaban con Él son un problema, porque es algo diferente a lo que se estableció como «uni-versal» y «único».
La misión está en ayudar a todas las personas a comprender que   Dios se «encarnó en la carne negra», y por ello, Él también es negro, y se comunica desde el pensamiento y lenguaje de los pueblos negros. La Iglesia y la sociedad debemos comprender y aceptar esto, porque nuestra experiencia de fe en Dios, como afrodescendientes, es lo que falta a los demás pueblos para  comprender y conocer más a Dios.
En México, la Iglesia aún debe hacer un camino serio de aceptación para entender que el pueblo de Dios está hecho de muchos pueblos, es  multicultural. Que la comprensión del Creador  pasa por la interculturalidad y que, entre todos, nos vamos ayudando a entenderlo mejor y a discernir su voluntad.