OPINIÓN

Dos santos para Iglesia en salida   

El pasado día 14 de octubre el papa Francisco presidió en la Plaza de San Pedro la ceremonia de canonización de siete nuevos santos (ver página 6). Entre ellos se encontraban  el papa Pablo VI y monseñor Oscar Arnulfo Romero, dos grandes referentes de la Iglesia surgida del Concilio Vaticano II (1962-1965). 

El papa Montini asumió la responsabilidad de relanzar y conducir hasta el final el concilio convocado por su predecesor Juan XXIII. Dirigió a la Iglesia en la difícil tarea de renovación mediante la puesta en práctica de las directrices del Vaticano II con la creación, entre otras muchas cosas, del Sínodo de Obispos como organismo permanente de consulta. Fue el primer Papa “viajero”, saliendo del Vaticano para llevar el Evangelio a los cinco continentes, y promovió el diálogo y la reconciliación entre las diferentes Iglesias cristianas. 

Mons. Oscar Arnulfo Romero vivió hasta las últimas consecuencias el nuevo rumbo que el Concilio Vaticano II había marcado para la misión de la Iglesia: apertura a las realidades del mundo y cercanía con las personas más necesitadas, los marginados de la sociedad. El arzobispo de San Salvador se distinguió por la defensa de los pobres y la denuncia de los abusos de los derechos humanos que sufría la gran mayoría de la población de su país. Las amenazas de los militares no lo desviaron de su camino ni lograron silenciar su voz. El 23 de marzo de 1980, durante la homilía que predicó en la catedral, pidió a los soldados que dejaran de asesinar a civiles inocentes e indefensos. Al día siguiente, mientras celebraba la Eucaristía, fue asesinado de un balazo por un francotirador del ejército. 

Los caminos de estos dos nuevos santos se cruzaron en momentos decisivos para la vida del salvadoreño. En 1937, Oscar Romero ingresó en el Seminario de San José de la Montaña, en San Salvador, y ese mismo año fue enviado a Roma para terminar sus estudios de teología en el Colegio Pío Latinoamericano, la actual Universidad Gregoriana. Varios biógrafos apuntan que allí tuvo como profesor al por entonces Mons. Giovanni Batista Montini, el futuro Pablo VI. Lo cierto es que Mons. Romero siempre prestó una atención muy especial a las enseñanzas de su antiguo profesor, sobre todo cuando éste llegó a la cátedra de Pedro. 

Fue Pablo VI quien elevó a Oscar Romero al ministerio episcopal, nombrándolo obispo auxiliar de San Salvador en 1970, obispo de la diócesis de Santiago María en 1974 y, finalmente, arzobispo de San Salvador en 1977.  El Papa confió en la capacidad y “espíritu conciliar” del obispo Romero para liderar a la Iglesia salvadoreña en un momento crítico para el país, dominado por un  régimen militar dictatorial. Cuando sectores allegados al gobierno salvadoreño, incluidos miembros de la Iglesia, acusaron y calumniaron al arzobispo ante el Vaticano, tachándolo de comunista, Pablo VI le  manifestó públicamente su apoyo y confianza.  

En junio de 1978, unas pocas semanas antes de la muerte del Papa, Pablo VI y Mons. Oscar Romero mantuvieron un encuentro privado en Roma. El pastor salvadoreño reflejó en su diario las palabras que el Pontífice le dirigió: “Comprendo su difícil trabajo. Es un trabajo que puede ser no comprendido, necesita tener mucha paciencia y mucha fortaleza… proceda con ánimo, con paciencia, con fuerza, con esperanza”.