El hijo en la familia, un don de Dios para la humanidad

P. Jaime Restrepo

Por la gracia de Dios hemos iniciado un nuevo año, que será vivido en medio de incertidumbres propias del trasegar de la historia y esperanzas, pues confiamos poder realizar los sueños e ideales que tenemos. Pero nuestra mirada va más allá, la fe que profesamos cualifica el transcurrir del tiempo en dimensiones de trascendencia para que lo vivamos como historia de salvación. Que nuestro caminar por estos avatares que vive la familia hoy se vean iluminados por la Palabra de Dios que contiene el plan de salvación para toda la humanidad. Que nuestros aportes se orienten siempre al anuncio del evangelio del matrimonio y de la familia en esta particular época de la historia.

  1. Una problemática que toma mayor fuerza. En los últimos meses del año anterior el gobierno presentó los resultados de la Encuesta Nacional de Demografía y Salud (que se realiza cada cinco años) “entre los muchos datos reveladores de la encuesta, los hogares dirigidos por una mujer pasaron del 20% en 1995 al 36,4 por ciento en 2015. También aumentó el número de familias monoparentales y sin hijos, pero los hogares biparentales se han reducido” (Revista Semana. De 18 al 25 de diciembre de 2016. Edición 1807. Pág. 46).

Esta perspectiva se inscribe en un movimiento mundial en cuanto a la reducción del matrimonio institucional y la mentalidad “no-hijos”. “En las parejas de antes eran mínimo cinco, en las de hoy a veces ni hay. Algunos matrimonios modernos se alejan de los adagios de que los hijos traen el pan debajo del brazo, que antes de morir hay que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo; y que Dios bendice al matrimonio a través de los hijos. Hoy, por razones profesionales, académicas e incluso, por temores, muchas parejas deciden no tener descendencia” (Natalia Ospina Vélez. 04 de marzo de 2014).

Otras parejas dan como razón para no tener hijos, el compromiso ambiental en dos sentidos: por un lado, alegan la superpoblación en el mundo y por otro lado, sienten como irresponsabilidad traer nuevas criaturas destinadas a una pobre calidad de vida.

¿Cómo imaginarse una sociedad en estas condiciones? Dar una respuesta no es fácil, sin embargo, la Iglesia debe dar un mensaje que quizás, no es muy popular e incluso, infravalorado por la mentalidad que está de moda.

  1. Una respuesta sensata: “El amor que se vuelve fecundo”. En la exhortación apostólica “La alegría del amor”, el Papa Francisco nos ofrece una buena orientación en el capítulo quinto: “El amor siempre da vida. Por eso, el amor conyugal «no se agota dentro de la pareja [...] Los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre»” (AL 165). Podemos apreciar que la perspectiva es diferente, más allá del funcionalismo social que se plantea como justificación de una pareja sin hijos, la Iglesia invita a las personas a poner en el centro de sus consideraciones el verdadero motivo que justifica el compromiso con la vida: el amor. Sin leer y profundizar el capítulo cuarto de la exhortación, no es posible entender esta posición de la Iglesia en relación con la procreación y la educación de los hijos.

El desarrollo científico del hombre contemporáneo y la proclamación absoluta de los derechos individuales ha llevado a la sociedad actual a entender y defender que el “hijo” es un derecho y desde esta visión se proclama la mentalidad “no-hijo”. La Iglesia enseña que el hijo es un don de Dios. “El don de un nuevo hijo, que el Señor confía a papá y mamá, comienza con la acogida, prosigue con la custodia a lo largo de la vida terrena y tiene como destino final el gozo de la vida eterna. Una mirada serena hacia el cumplimiento último de la persona humana, hará a los padres todavía más conscientes del precioso don que les ha sido confiado.” (AL 166)

Se ha vuelto un lugar muy común hablar de “hijos no deseados” y desde allí justificar campañas fuertes en favor del aborto y de los métodos artificiales de control natal. Escuchemos nuevamente al Papa Francisco: “Si un niño llega al mundo en circunstancias no deseadas, los padres, u otros miembros de la familia, deben hacer todo lo posible por aceptarlo como don de Dios y por asumir la responsabilidad de acogerlo con apertura y cariño” (AL 166). Sin embargo, si revisamos el compromiso del amor sincero en la relación matrimonial no habrá necesidad de hablar de hijos no deseados.

Pero la Iglesia no promueve una procreación irresponsable: san Juan Pablo II ha enseñado que la paternidad responsable no es «procreación ilimitada o falta de conciencia de lo que implica educar a los hijos, sino más bien la facultad que los esposos tienen de usar su libertad inviolable de modo sabio y responsable, teniendo en cuenta tanto las realidades sociales y demográficas, como su propia situación y sus deseos legítimos»

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