Amor apasionado

P. Jaime Restrepo

 

Última parte del capítulo cuarto sobre el amor, se abordan tres temas: el sentido humano y cristiano de las relaciones sexuales en el matrimonio; la virginidad como otra forma de amar y la transformación del amor.

El sentido humano y cristiano de las relaciones sexuales en el matrimonio. Parte el Papa de esta afirmación: “deseos, sentimientos, emociones, eso que los clásicos llamaban «pasiones», tienen un lugar importante en el matrimonio” (143). El ser humano actúa movido por las pasiones.

Ahora bien, el amor en el matrimonio permite que la vida emotiva de sus miembros se convierta en un bien para la familia y siempre está al servicio de la vida en común. Esto exige renunciar al gusto puramente subjetivo a que nos pueden llevar siempre las emociones o las pasiones. El amor matrimonial regula la vivencia de las emociones.

Una mirada cristiana a la sexualidad en el matrimonio no lleva a reprimir las emociones y los goces placenteros que trae consigo la relación íntima de los esposos. Al respecto nos enseña Benedicto XVI: «la enseñanza oficial de la Iglesia, fiel a las Escrituras, no rechazó «el eros como tal, sino que declaró guerra a su desviación destructora, puesto que la falsa divinización del eros [...] lo priva de su dignidad divina y lo deshumaniza» (147).

En este punto hay una clave de divergencia, casi de oposición con la mentalidad de hoy con respecto a la vivencia de la sexualidad: la educación de la emotividad y del instinto, que nos lleva a sentir la necesidad de ponerse un límite. El mundo actual es de emociones, de sensaciones; toman primacía frente a la razón y a la voluntad. La Iglesia enseña que «se puede hacer un hermoso camino con las pasiones, lo cual significa orientarlas cada vez más en un proyecto de autodonación y de plena realización de sí mismo, que enriquece las relaciones interpersonales en el seno familiar» (148).

«Dios mismo creó la sexualidad, que es un regalo maravilloso para sus creaturas». Es un lenguaje interpersonal que va más allá del recurso gratificante, para tomar al otro en serio con su sagrado e inviolable valor. El erotismo es una manifestación específicamente humana de la sexualidad y en él se puede encontrar «el significado esponsalicio del cuerpo y la auténtica dignidad del don». Hemos de entender la dimensión erótica del amor como un don de Dios que embellece el encuentro de los esposos.

La sexualidad humana también corre el peligro de despersonalizarse y convertirse en instrumento de afirmación del propio yo y de satisfacción egoísta de los propios deseos e instintos, el cuerpo del otro muchas veces es manipulado retieniéndolo mientras brinda satisfacción y se desprecia cuando pierde atractivo. Aún dentro del matrimonio se puede llegar a estas desviaciones de la sexualidad «un acto conyugal impuesto al cónyuge sin considerar su situación actual y sus legítimos deseos, no es un verdadero acto de amor; y prescinde por tanto de una exigencia del recto orden moral en las relaciones entre los esposos» (Pablo VI, Humanae vitae, 13). Al respecto el Papa Francisco: «Los actos propios de la unión sexual de los cónyuges responden a la naturaleza de la sexualidad querida por Dios si son vividos de modo verdaderamente humano» (154).

La virginidad, otra forma de amar. Los textos bíblicos nos permiten deducir que los distintos estados de vida se complementan y no hay por qué buscar más superioridad en uno que en otro.

La virginidad, como signo «nos recuerda la premura del Reino, la urgencia de entregarse al servicio evangelizador sin reservas, y es un reflejo de la plenitud del cielo donde “ni los hombres se casarán ni las mujeres tomarán esposo”» (159). “La virginidad tiene el valor simbólico del amor que no necesita poseer al otro, y refleja así la libertad del Reino de los cielos” (161).

En la Iglesia la virginidad se percibe como un signo escatológico, es decir, como un anticipo de lo que será la situación de todos en la eternidad; los que optan por una vida célibe nos ayudan a entender que nuestra peregrinación terrena se debe realizar con la mirada puesta en la plenitud de la vida, donde todos los amores quedarán sujeto al único que vale la pena el amor misericordioso del Padre.La transformación del amor. Hay dos hechos evidentes que nos llevan a replantear la experiencia del amor matrimonial y familiar: la apariencia física va cambiando y dando visos de deterioro, por un lado y por otra parte, los sentimientos de amor de la pareja matrimonial no son los mismos durante toda la vida. Estas realidades obligan a darse cuenta de que se debe tener un proyecto común estable y un compromiso a amarse y a vivir unidos hasta que la muerte los separe y vivir siempre una rica intimidad. “Mantener viva cada día la decisión de amar, de pertenecerse, de compartir la vida entera y de permanecer amando y perdonando. Cada uno de los dos hace un camino de crecimiento y de cambio personal” (163). El vínculo matrimonial debe encontrar nuevas modalidades y exige la decisión de volver a amasarlo una y otra vez. “Es camino de construirse día a día”.

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