BRASIL

 Parte de la familia

El P. Jorge Benavides, misionero comboniano colombiano, fue ordenado sacerdote en septiembre de 2013 y poco después fue destinado a las misiones de Brasil, donde ha pasado los tres últimos años.

Por P. Jorge Benavides

 

En enero del año 2014 fui como misionero a la comunidad de Porto Velho, en el Estado de Rondonia, en el norte de Brasil, para trabajar con las comunidades que están en la margen de los ríos Madera, Machado y Rio Preto. Soy párroco de la parroquia de San Juan Bautista, en el distrito de Calama, que cuenta con 20 comunidades distantes, y un poco más de 4.000 habitantes.

Esta población tradicional que vive, en las proximidades de estos ríos, sobrevive de la pesca artesanal, de la caza, del cultivo de yuca y plátanos y de la extracción de productos y frutas nativas de la región amazónica. Son estas características las que convierten culturalmente a esta región en “ribereña”.

Además de las poblaciones nativas, los habitantes de la zona  están integrados por descendientes de los migrantes del noreste del país. En la segunda mitad del siglo XIX, muchas familias del noreste del país dejaron su tierra natal y se trasladaron a la vasta Amazonia en busca de puestos de trabajo ofrecidos por las empresas que operaban en el ciclo de la extracción de látex de los árboles de caucho.

En la década de 1950, con la crisis del caucho, llegó la caída del mercado brasileño de látex, y los “siringueros”, como se les llamaba a los que se dedicaban a la extracción de este material, se quedaron sin trabajo alternativo. La falta de políticas públicas que acompañaran el proceso de desestabilización laboral de este grupo de trabajadores, provocó una propagación de desplazamientos de las familias a lo largo de los ríos de la selva amazónica, donde construyeron sus casas y comenzaron una nueva vida.

Sus casas son construidas con madera como principal alternativa, de acuerdo con sus propias posibilidades. El piso se construye en lo alto para protegerse de las crecidas del rio en la época de invierno. En la mayoría de las comunidades no existe energía eléctrica, saneamiento básico, o medios de comunicación, como teléfono e internet.

En este contexto estoy viviendo una gran experiencia desde hace tres años. A pesar de ser una cultura con valores maravillosos, pero diferentes a los de mi propia cultura, he aprendido a vivir y compartir con los ribereños alegrías y tristezas, y a caminar juntos.

Como nos recuerda el papa Francisco: «La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás»

 Viaje por el rio

Una de mis experiencias de convivencia con ellos comienza en el camino de Calama, donde vivimos, a la capital del estado, Porto Velho. Es una gran alegría y, a la vez, una gran aventura. Son casi 30 horas de viaje en barco para ir y volver. Los niños son muy felices por tener la oportunidad de viajar de vez en cuando a la ciudad. Todo el mundo llega tempranito para colocar sus hamacas y asegurar su lugar en el barco.

Durante el largo viaje se cuentan historias; las personas buscan el padre para conversar, los enamorados se encuentran… También rezamos y cuidamos los unos de los otros, sobre todo en los momentos de lluvia y fuertes vientos. El barco sirve de hotel y restaurante para aquellos que no tienen recursos suficientes, o no tienen familiares en la ciudad que los hospeden. Lo más importante es que todos puedan resolver los problemas de salud, las gestiones bancarias y hacer sus compras.

Para mí no es diferente: aprovecho para visitar a mis hermanos de la comunidad comboniana, que está en la parroquia de Nossa Señora das Graças, en la ciudad.  Nos encontramos para rezar juntos, comer juntos y compartir las experiencias vividas en la misión. Luego dedico un tiempito para las compras para la misión: gasolina, materiales de construcción, etc. También voy a recoger las donaciones dadas por las personas generosas de la ciudad: ropa, alimentos, medicamentos, etc., para luego volver a embarcar. Solamente tenemos dos días para resolver y hacer todas nuestras gestiones; luego tomamos de nuevo el barco que retorna para Calama.

Servicio misionero

En lo cotidiano, como misionero, me dedico a visitar las comunidades: cinco en el centro y quince a lo largo de los tres ríos. Es muy bonito encontrarse con las familias, celebrar con ellas, formar líderes de comunidad -catequistas, ministros de la Palabra y de la Eucaristía-, celebrar los sacramentos, y escuchar sus necesidades. El único medio de transporte que podemos contar en el rio es el barco.

Calama es un pequeño pueblito donde se disfruta de la belleza natural; la armonía entre los peces, la diversidad de pajaritos, las flores y sus habitantes acogedores y muy cordiales, son elementos que hacen que se viva en alegría y fraternidad; aunque también existe una discreta problemática social.

Esta región maravillosa, al estar distante de la capital, vive en un aislamiento tanto económico como social, permaneciendo en el marco de una serie de políticas públicas y mecanismos que no favorecen la calidad de vida y el desarrollo de las pequeñas comunidades. La situación geográfica y las largas distancias de la capital son los factores principales que limitan el acceso a los servicios básicos de salud, medios de comunicación, seguridad pública, educación y a la atención por parte del gobierno.

Por ejemplo, este año nos quedamos sin médico y sin profesionales en la unidad de salud. Por falta de  atención, algunos niños y ancianos corren gran riesgo de muerte a causa de diferentes enfermedades, como la malaria y los partos no atendidos debidamente.

La problemática de la droga, la ausencia de agentes de seguridad pública, la falta de programas de prevención, hacen que la delincuencia común esté aumentando.

La semana pasada convocamos a los diferentes líderes de la comunidad -pastores de las diferentes iglesias, agentes de la salud, directores de colegios, padres de familia…- para reflexionar sobre estos problemas sociales de nuestra comunidad. Elaboramos un documento, que fue presentado al gobierno municipal y a los organismos competentes, en el cual exigimos más presencia por parte del gobierno, y reclamamos nuestros derechos. Esperamos respuesta positiva. Por nuestra parte, nos comprometimos a crear espacios de formación para prevenir y concientizar a las familias y a los jóvenes sobre esta problemática social.

Con todo, mi experiencia es maravillosa. Aprendí que aquí, el rio es una de las principales fuentes de vida: el alimento básico es el pescado, no tenemos otro medio de comunicación importante fuera del camino fluvial, los mejores días de fiesta y de vacaciones en familia se viven en sus playas, en la mayoría de las comunidades el agua que bebemos es del rio, y las grandes anécdotas y misterios derivan de él.

Esta semana estuve visitando a una abuelita de noventa y cinco años y en el transcurso de nuestra conversación ella me dijo: “dentro de poco tiempo, padre, tú vas de vacaciones, pero yo sé que va a sentir nuestra falta y va a volver rapidito”. Yo le pregunté, un poco curioso, el porqué de su razón. Ella me contestó: “quien bebe agua del Rio Madera, nunca se olvida de los ribereños y tiene que regresar pronto; ya forma parte de nuestra familia”.

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