AMÉRICA LATINA

Guadalupe, modelo de evangelización

El acontecimiento guadalupano proclama la fuerza reconciliadora del mensaje evangélico, que produjo la unión de dos pueblos muy distintos –indígenas y conquistadores– sanando las hostilidades que existían entre ellos. 

Por P. Luis Carranza Cervantes

 

 El “Nican Mopohua” nos narra ´El gran Acontecimiento´, que ocurrió entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531 en el que la Madre del “verdaderísimo” Dios, pide que se le construya un templo, diciéndole a Juan Diego: “Ten la bondad de enterarte, por favor, pon en tu corazón, hijito mío, el mas amado, que yo soy la perfecta siempre virgen Santa María, y tengo el privilegio de ser Madre del verdaderísimo Dios, de Ipalnemohuani (Aquel por quien se vive), de Teyocoyani (Creador de las personas), del Tloque Nahuaque (Dueño del estar junto a todo y del abarcarlo todo), de Ilhuica Tlatipaque (Señor del cielo y de la tierra). Mucho quiero, ardo en deseos de que aquí tengan la bondad de construirme mi templecito, para allí mostrárselo a Ustedes, engrandecerlo, entregárselo a Él, a Él que es todo mi amor, a Él que es mi mirada compasiva, a Él que es mi auxilio, a Él que es mi salvación. Porque en verdad yo me honro en ser madre compasiva de todos Ustedes, tuya y de todas las gentes que aquí en esta tierra están en uno, y de los demás variados linajes de hombres, mis amadores, los que a mi clamen, los que me busquen, los que me honren confiando en mi intercesión. Porque allí estaré siempre dispuesta a escuchar su llanto, su tristeza, para purificar, para curar todas sus diferentes miserias, sus penas, sus dolores.”

Quería su templo precisamente en aquella colina donde había existido un templo dedicado a la madre de los dioses llamada Tonantzin, a la que los indios llamaban  ´nuestra madre´. Por eso, cuando Zumárraga, al recibir la orden de la Señora del cielo, no puede entender que lo que Ella le pide es verdad y Sahagún también comenta que hasta podía ser una invención satánica.

 El relato de los hechos esta recogido  en el documento llamado “Nican Mopohua”, obra del indio Antonio Valeriano, un indio culto que hablaba su lengua náhuatl, español y latín, sabía  filosofía y tenía también conocimientos de medicina.

   Valeriano escribe su relato sobre Guadalupe cuando aun vivían muchos de los testigos del acontecimiento que recibieron del mismo Juan Diego y su firma aparece en el códice guadalupano “Escalada”.

Antonio Valeriano nos relata los conceptos indígenas que Santa María de Guadalupe utilizó acerca de Dios: Dador de la vida (Ipalnemohuani), Inventor de los seres humanos (Teyocoyani), Dueño del cercano, Dueño del junto (TloqueNahuaque), Dueño de la región celeste (Ilihuicahua), Dueño de lo que hay en la tierra (Tlatipacque).

La historia y el mensaje del acontecimiento guadalupano, que el “Nican Mopohua” recoge literalmente, se difundió enseguida entre la población india, propiciando su conversión y constituyendo una tradición viva hasta nuestros días. El “Nican Mopohua” no es, por tanto, el punto de partida de la tradición guadalupana, sino  la catequesis de Juan Diego y el testimonio de la pintura estampada en su tilma, así como de los milagros que acompañaron desde el principio esta devoción.

 

Mensaje de reconciliación

Guadalupe era el nombre que Santa María escogía en el nuevo mundo para reconciliar dos culturas y dos pueblos. Su rostro mestizo será desde entonces una invitación clara a acoger esa reconciliación en los corazones de todos. La respuesta fue muy pronta: los indios la reconocieron como la Cihuapilli Tonantzin, “La reina, nuestra venerable Madre”, traducido literalmente “La Niña, Nuestra Madrecita”. “La Madre de aquel por el que se vive”, como se llama a sí misma en muchos textos indígenas siguientes al estilo del lenguaje náhuatl.

 María  vino a nuestro encuentro  haciéndonos “hijos en el Hijo”, por tanto hermanos de los españoles, Madre de todos, y Aquel por quien se vive, el Señor Jesús, no reclamaba ya su sangre en los crueles sacrificios humanos, sino que de la suya brotaba la fuerza reconciliadora del anuncio evangélico.

 Ella no solo nos da su maternidad, sino a su Hijo. María se presenta como la madre común, como la señora que reconcilia lo que estaba hecho pedazos; en ese sentido, podemos considerar su llegada como el nacimiento de un nuevo pueblo, al encarnarse en nuestra realidad mestiza. Con la petición de que se levantase un templo para que los indígenas, la nueva nación, recobraran su libertad y su dignidad.

Ha habido muchos eruditos que escribieron  acerca del acontecimiento guadalupano, muchos también que escribieron contra el acontecimiento, dándole más validez a lo que había acontecido.

 

Evangelización inculturada

El acontecimiento guadalupano es un ejemplo de evangelización perfectamente inculturada, como la llamó el papa San Juan Pablo II. Las apariciones se dieron  en tiempos de paz, meses después de la enorme violencia que vivieron los indios en guerra con los conquistadores; sin embargo, esos dos grupos encontraron la reconciliación en la presencia de Santa María de Guadalupe.

La imagen de María impresa en la tilma del indio Juan Diego Cuauhtlatoazin  y su conservación nos siguen recordando el amor de su presencia. Una imagen que hasta la fecha nadie puede explicar. A esto se refería el arzobispo de México cuando, muy certeramente, se preguntaba: “¿Cómo podríamos existir nosotros si su amor de Madre no hubiera reconciliado y unido el antagonismo de españoles e indios? ¿Cómo hubieran podido nuestros antepasados indios aceptar a Cristo, si Ella no les hubiera complementado lo que les predicaban los misioneros, explicándoles, en forma magistralmente adaptada a su mente y cultura, su mensaje amoroso?”

¿Cómo fue posible que los mexicas abandonaran sus sacrificios humanos, sus convicciones religiosas, para aceptar unas convicciones nuevas que contradecían su modo de pensar, recordando que los misioneros no aceptaban sincretismo alguno? Esa conversión  es fruto del amor guadalupano.

 

 

Teología guadalupana

 

Lo primero que tenemos que notar es que la Reina del cielo no viene a pedir un templo para ella: “Mucho quiero, ardo en deseos de que aquí tengan la bondad de construirme mi templecito, para allí mostrárselo a Ustedes, engrandecerlo, entregárselo a Él, a Él que es todo mi amor, Él que es mi mirada compasiva, a Él que es mi auxilio, a Él que es mi salvación.”

No hay más que una encarnación, la encarnación de nuestro hermano Jesucristo.  María lleva a cabo la “evangelización más inculturada”, como nos dijo S. Juan Pablo II. María de Guadalupe es modelo de respeto al indio y de cómo devolverle su dignidad perdida, hacerlo su embajador e incorporarlo a la misión de su Hijo. Ella se hace todo a todos, como nos dice el apóstol.

María de Guadalupe no es pretenciosa. Ella es la Madre de Aquel por quien se vive y con esa autoridad envía a Juan Diego al obispo -la autoridad en la Iglesia- con su autoridad de Madre y de Reina.

María de Guadalupe  le dice a Juan Diego, y a todos nosotros, que se honraba de ser su Madre. Sentimientos que nos recuerdan los sentimientos de su Hijo, al hacerse  nuestro hermano.

María de Guadalupe viene a ofrecer su amor a todos sus hijos e hijas. Ella es la Madre de aquellos que la reconocen como tal y de aquellos que no saben que los ama.

Santa María de Guadalupe ha unido a sus hijos e hijas de este continente y del mundo que la invocan como Madre e imploran su ternura, que es la ternura de Dios.

No debemos de tener la menor duda de que María unirá en una sola familia a todos sus hijos e hijas de las diferentes denominaciones. Su presencia es ya reconocida en algunas de ellas. Ella nos hará una sola familia, la familia de su Hijo.

La presencia y ternura de Santa maría de Guadalupe ya han llegado a todo el mundo y su mensaje transformará esas sociedades. Cuando llegué a Sudáfrica, a mi primera misión, entre el grupo étnico de los ´bapedis´, una señora, con mucho orgullo y alegría, me dijo”: “Mire, padre, el mensaje más tierno de nuestra madre´.

Cual fue mi sorpresa al leerlo en su lengua, el ´sepedi´, y darme cuenta de que me hablaba de nuestra Lupita. Cuando le dije que yo era de México, el lugar donde ella se apareció, le dio tanto gusto que empezó a gritar, agradeciendo a Dios por haber conocido a alguien del lugar que Ella  escogió para acercarse a sus hijos e hijas de todo el mundo.  

En México, como dijo el papa Juan Pablo II,  “no todos serán cristianos, pero todos son guadalupanos”, porque creo que hasta los masones la celebran a su modo. La mayoría del pueblo la seguimos considerando parte de nuestra familia, en la que algún hijo o hija lleva siempre el nombre de Guadalupe. Le construimos ermitas por todas partes, en la calle, en el mercado, en nuestras casas, en lugares alejados; le festejamos su santo con mariachi, le llevamos serenatas como a nuestra amada madre y, seguramente, Ella ha sido la que nos ha ayudado a conservar la fe en medio de todos los problemas que hemos vivido.

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