JAPÓN

El camino del kami

Las religiones japonesas se pueden comparar con un tapiz multicolor que representa diversas tradiciones con una historia de casi 2000 años de apertura a los demás y a la naturaleza.

Por G. L. (South World)

 

La cultura religiosa japonesa se compone principalmente de sintoísmo y budismo, ambos influenciados por ideas y valores confucionistas, y también, en menor medida, de cristianismo occidental. Históricamente, el confucionismo ha dado al sintoísmo, la religión original del antiguo Japón, sus más importantes fundamentos morales, con su énfasis en obligaciones familiares y en la aplicación de esos valores a la escuela, la industria y el estado. Muchos grupos religiosos japoneses, definidos como “nuevas religiones”, también destacan valores como la lealtad, la sinceridad, la gratitud, la corrección y la transparencia.

Según el sintoísmo, o “el camino del kami”, los antiguos japoneses vivían en un mundo sagrado. Sus seguidores creían en fuerzas superiores, que surgían en los fenómenos naturales para amenazar o beneficiar a los seres humanos. Esos poderes recibían el nombre de “kami”. El término hace referencia a cualquier ser u objeto capaz de hacer surgir sentimientos llenos de misterio y de emociones estéticas, e incluía a todas las cosas, superiores o sagradas, a las que se debía gratitud.  

El emperador, los antepasados, grandes generales, príncipes, ríos, árboles, montañas y valles… eran kami; todo era divino. El sintoísmo no tiene una doctrina claramente definida, pero expresa, en una gran variedad de modelos simbólicos y rituales, el sistema de valores y el estilo de vida común del pueblo japonés, tal como se han ido formando a lo largo de los siglos. El mismo concepto de kami, más que señalar a los miles de seres mitológicos, se refiere a cualquier cosa que inspira sentimientos de miedo respetuoso a la naturaleza. Los fenómenos naturales y los seres humanos poseen la naturaleza del kami y son, consecuentemente, intrínsecamente buenos. Toda vida transcurre con su bendición y bajo su protección, en comunión y de acuerdo con ellos, con un corazón puro y agradecido.

Esta actitud implica que la felicidad no debe ser entendida como algo del futuro, sino del tiempo presente. El sintoísmo lleva a sus fieles a dar importancia a la armonía de cada momento y cada situación, guiándolos hacia un optimismo fundamental con relación a las cosas de este mundo. La muerte aparece como una maldición, mientras que la vida se celebra con alegría. El kami y los antepasados están invitados a compartir la alegría y la felicidad de los vivientes en una profunda unidad cósmica entre seres humanos, naturaleza y seres divinos.

Contrariamente a lo que sucede en Occidente, donde el conocimiento es el medio principal para alcanzar la verdad, en Japón, al menos en la esfera religiosa influenciada por el sintoísmo, la actitud prevalente no distingue lo objetivo de lo subjetivo o la experiencia personal de la de los demás. La verdad religiosa es, antes que nada, “lo que uno siente” y que es difícil de compartir sin comunicación personal recíproca. Hechos, imaginación y la belleza de la naturaleza son, para los creyentes, complementarios. El sentimiento religioso tiene su propio carácter distintivo. Evita las divisiones y encuentra su seguridad en la distribución imparcial de las diferentes prácticas religiosas, que invita a la tolerancia y el sincretismo. El optimismo y la interioridad inspirados por el sintoísmo significan pensar en Dios como algo no completamente diferente del ser humano, tendiendo a identificación y la participación. Los dioses son cercanos; el ser humano no se siente solo o abandonado. El punto de partida de todo esto es el mito cosmológico que, para vencer el caos del mundo, habla de la historia del matrimonio de Izanagi e Izanami, la antigua pareja divina que habitaba en el arcoíris y de la que nacieron todas las cosas y las innumerables divinidades –entre las que se encontraba Amaterasu-Mikami, la diosa del sol de la que descendían los emperadores.  

En la tradición sintoísta, el respeto y amor por la naturaleza deriva de una fuerza super-natural que reside en las cosas naturales, como las montañas, los árboles y los animales. La divinidad de las cosas se expresa a través de su belleza. La belleza es buena: provoca sentimientos estéticos y super-naturales; es una señal de pureza interior y de lealtad en las relaciones sociales.

Por esta razón, se cuida de la estética de los santuarios y muchos de ellos están situados en las cumbres de las montañas. El más famoso es el Monte Fuji que, por su belleza, se ha convertido en un símbolo religioso de toda la nación. Las entradas a los templos o recintos sagrados tienen un alto carácter estético, con un gran valor simbólico, y consisten en dos vigas verticales y otras dos horizontales. Los bellos jardines de arena del budismo zen ayudan a la meditación y a la conexión con la divinidad a través de la estética.

 

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